Coloquio: Nuevos significados filosófico-políticos para el suicidio
noviembre 16, 2020

Saludo Director Departamento por el Día de la Filosofía

En un día tan especial como lo es el Día Mundial de la Filosofía, quisiera saludar sobre todo a nuestros estudiantes de los programas de pregrado y postgrado en Filosofía que imparte nuestra unidad. Como lo dice la enseñanza bíblica, en todo orden de cosas, muchos son los llamados pero pocos los elegidos. La pregunta interesante es qué hace que la filosofía haga un llamado que unos pocos saben escuchar. En mi opinión, la escucha de ese llamado depende al menos de un interés verdadero por preguntas muy generales y muy abstractas acerca de la existencia, acerca del conocimiento, acerca de la moralidad, de la razón, de la sociedad y de los fines humanos. Además, ese interés debería ir acompañado por un interés en explicaciones muy generales que permitan conectar la respuesta a un asunto fundamental con la respuesta a otro. Esa explicación entonces puede revelarnos una cosmovisión amplia que le dé un sentido a todo el resto del conocimiento no filosófico que manejamos. A esto aspiramos todos los que nos sentimos filósofos, pero desde luego otra cosa es si lograremos alcanzar dicha cosmovisión de una manera original y única. Finalmente, el impulso filosófico implica un interés por la verdad y todos los conceptos relacionados con ella, por ejemplo, error, duda, incerteza, validez, ignorancia, etc. En otras disciplinas humanistas el interés por la verdad no necesita ser primordial, como ocurre en la lingüística, la sociología, la psicología o la teoría literaria. En las ciencias básicas la verdad se sujeta a algo previo, lo que una teoría científica nos dice que es verdadero o válido. 

Estos intereses son criterios eficaces para revelar el impulso filosófico en un estudiante pero hay que admitir que no son suficientes. Y tal vez la verdad es que nunca encontraremos un conjunto de condiciones suficientes para decir de un principiante que tiene genio filosófico o no. Sin embargo, me parece que hay una condición que podríamos imaginar como necesaria: es la disposición a resistirse a vivir las verdades –que un filósofo, como cualquier mortal, tiene derecho a vivir- como dogmas y no como posiciones a las que se ha llegado por alguna vía más o menos racional y que, por ende, pueden marcar un tránsito a algo mejor pero diferente. Y que ese tránsito se alcanza por el ejercicio dialógico con un otro que puede ofrecernos una verdad tan sólidamente argumentada como la nuestra. 

Un ejemplo bueno de esto en mi opinión podría ser el siguiente: tanto los filósofos optimistas como los pesimistas tienden a suscribir una visión utilitarista de la vida según la cual la felicidad es el valor más importante y el que da su sentido último a la vida humana. La vida tiene sentido, si se entiende como una medida de la felicidad. En este sentido, muchos o muchas podríamos declararnos optimistas o pesimistas pues suscribir esta tesis parece algo obvio. El punto es si un filósofo debe vivir esta verdad dogmáticamente. Si fuese así significaría que él no podría creer que una afirmación distinta, antitética a ella, podría tener al menos la chance de ser verdadera. Debería ser falsa sin más. Una persona caminando por la calle tiene todo el derecho a vivir esta verdad de esa manera. Pero en mi opinión, si alguien que reputamos como filósofo lo hiciera, en ese mismo instante dejaría de serlo y pasaría a ser otra cosa. Sería la filosofía misma, o el ejercicio filosófico, el que le mostraría su impostura intelectual. Philippa Foot, una distinguida filósofa británica normativista ha argumentado sólidamente en contra de esta forma de utilitarismo, sosteniendo que no es la felicidad el valor fundamental de la vida, sino que la vida tiene valor intrínseco, esto es, la vida apunta siempre a sí misma. Ella argumenta que tiene perfecto sentido creer que la vida sin felicidad merece, pese a esto, la pena de ser vivida y da ejemplos: la vida en cautividad puede ser buena y mejor que la muerte prematura, una vida con ciertas carencias visibles sigue siendo para muchos digna de ser vivida antes que la opción de acabar con ella. Ella señala que una vida que vale la pena de vivirse es una vida que merezca la pena vivirse para la persona que la está viviendo y no para otro, el que sea, un padre, un hermano, una religión, un Estado. Ciertamente uno puede replicar de múltiples maneras a esta posición de Foot pero el contraste que ella hace visible es que un filósofo, en primer lugar, no puede renunciar jamás al debate racional de sus propias verdades. Y en segundo lugar que las así llamadas verdades el filósofo las debería vivir a lo sumo como posiciones favorables para entender el mundo, la vida y uno mismo pero que son indefectiblemente transitorias hacia algo mejor. 

Desde luego, en un día tan especial como éste un profesor de filosofía que ha ayudado a formar a muchas generaciones de estudiantes sólo puede desear que los estudiantes de ahora como los que vendrán seguirán viviendo el llamado genuino de la filosofía en su propia vida y en la forma de vivir sus transitorias verdades particulares.