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Profesor Marcelo Díaz analiza el fenómeno de la conciencia en nuevo libro

El director del Magister en Filosofía de las Ciencias y académico del Departamento de Filosofía de la Universidad colaboró con un capítulo en la publicación titulada “Filosofía de la mente y psicología: enfoques interdisciplinarios”, editada por la Universidad Alberto Hurtado.

“El puesto del hombre en el cosmos” de Max Scheler fue el punto de partida del capítulo denominado “La Conciencia en la discusión actual: Cuestiones Filosóficas”, escrito por el académico Marcelo Díaz, que lleva 30 años trabajando en el área de la filosofía de la mente y la epistemología.  A nivel inconsciente, dice él, tenía en su mente ese volumen cuando empezó a reflexionar sobre el fenómeno de la conciencia. “Me quedé pensando: si voy a tratar el tema de la conciencia me gustaría hacer la pregunta, aunque parezca un poco soberbia, sobre cuál es el lugar o el puesto de la conciencia en el cosmos”, señala. El texto es parte de una compilación de aportes de psicólogos, psiquiatras y filósofos titulado “Filosofía de la mente y psicología: enfoques interdisciplinarios”, realizado por los académicos Pablo López Silva y Francisco Osorio, de la Universidad de Valparaíso y la Universidad de Chile respectivamente.

A juicio de Marcelo Díaz, los libros filosóficos o científicos que tratan el tema de la conciencia no son capaces, en su mayoría, de responder la pregunta inicial porque no reconocen que la palabra “conciencia” es polisémica, es decir, que se la puede entender como significando el fenómeno de prestar atención algo, como conciencia visual, etc. Pero lo fundamental radica en que uno de los significados de “conciencia” es el que realmente presenta serias dificultades tanto a los filósofos como a los científicos. Este es el caso cuando “conciencia” quiere decir “la propiedad estrictamente cualitativa, subjetiva de la experiencia”. En pocas palabras, la conciencia como subjetividad, el cómo es tener una experiencia, la vivencia y no, por ejemplo, lo que causa la experiencia (hoy algunos científicos lo llaman “el problema duro de la neurociencia”). Y pese a que no hay nada más cercano a nosotros mismos que nuestros propios estados de conciencia (algo que, como sabemos, Descartes puso en el inicio de la filosofía moderna), al hablar de la conciencia, de nuestra propia subjetividad, no tenemos la distancia suficiente para poder hablar de eso con la exigencia que nos pone la ciencia, esto es, con un discurso plenamente objetivo. “Entonces – enfatiza el profesor Díaz – tenemos aquí un grave problema, quizás ni siquiera tenemos los conceptos adecuados para tratarlo con la esperanza de poder dar una respuesta”.

La pregunta por la conciencia, señaló el profesor Díaz, hoy no es exclusiva ni de los filósofos ni de los científicos, sino que se sitúa en una intersección, entre las investigaciones de ambos. Sin embargo, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein (1889-1951) sí dijo mucho al respecto. Para él, las preguntas ¿qué es la experiencia del dolor? ¿qué es la conciencia, ¿qué es el imaginar? ¿qué es el pensamiento?, deben ser llevadas al plano del lenguaje preguntándonos cómo funcionan las oraciones que contienen este tipo de conceptos. Es la famosa estrategia de analizar el lenguaje para hacer frente a los problemas más complejos de la filosofía.

“Entonces uno puede preguntarse cuál es la ventaja de llevar el problema a una discusión sobre el lenguaje en que se formula tal problema? La ventaja es la siguiente: que ganamos en objetividad, en el tratamiento del problema”.  ¿Por qué? Porque cuando nos preguntamos, por ejemplo, ¿qué es un dolor?, hay que reconocer que hay un aspecto estrictamente subjetivo. Pero cuando eso lo formulamos en el lenguaje mediante la pregunta ¿qué significa o cómo usamos la palabra “dolor”? nos estamos preguntando sobre cómo funcionan las palabras y las reglas que rigen esa función, que son algo público porque el lenguaje es algo intersubjetivo. Entonces el gran desafío que plantea Wittgenstein es cómo conciliar algo que es intrínsecamente subjetivo, como la experiencia del dolor, y el lenguaje o las oraciones acerca del dolor, lo que es objetivo, explicó el académico.

Para Wittgenstein, la forma de distinguir si estamos usando correcta o incorrectamente el lenguaje cuando hablamos acerca de la conciencia, es a través de las propias reglas del lenguaje, que están consensuada y por tanto son públicas. Por eso él habla de los “juegos del lenguaje”, porque la característica fundamental de un juego es que tiene reglas. Wittgenstein fue el primero en darse cuenta de la gran diferencia que hay cuando hablamos en primera persona en tiempo presente o en tercera persona sobre nuestros estados mentales. Decimos “tengo dolor” y esta oración funciona como un quejido sofisticado, es una expresión que reemplaza al quejido o al grito de dolor original; pero cuando decimos “fulano tiene dolor” no estamos expresando nada, estamos describiendo una conducta de dolor.

“Fue uno de los grandes aportes de Wittgenstein porque vino a desmalezar, a limpiar lo que no estaba limpio, a evitar las confusiones” subrayó el profesor Díaz, para agregar que: “Wittgenstein nos dice en su obra Investigaciones Filosóficas que la Filosofía –esto es muy bello— es la lucha contra la fascinación que ejerce sobre nosotros el lenguaje”.

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