Ciencia y pseudociencia en el contexto de pandemia: El nuevo curso sello que impartirá el Departamento de Filosofía Usach
septiembre 15, 2021
Protocolo Retorno Seguro Funcionamiento Servicio de Biblioteca Facultad de Humanidades
septiembre 28, 2021

A cien años de la publicación del Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein

Por Marcelo Díaz, académico del Departamento de Filosofía de la Universidad de Santiago de Chile

¿Cómo se gestó esta obra, el Tractatus Logico – Philosophicus?

Ludwig Wittgenstein (1889-1951) había llegado a la Universidad de Cambridge en busca de Bertrand Russell después de dejar a medio camino una prometedora carrera como ingeniero aeronáutico. Había llegado a Gran Bretaña y a esa universidad por el consejo que le dio Gottlob Frege, el lógico y pensador alemán, de ir allí para estudiar con el pensador inglés los fundamentos de las matemáticas y la nueva teoría del simbolismo. 

Russell pronto se convenció que Wittgenstein era un futuro genio de la filosofía. Pero lo que veía como una prometedora carrera de filósofo profesional en Gran Bretaña, pronto quedó frustrada debido al estallido de la primera guerra mundial. Wittgenstein empezó un largo y muchas veces durísimo camino que lo llevó a enrolarse voluntariamente como soldado del imperio austrohúngaro, a renunciar a la millonaria herencia que le había dejado su padre, a la actividad de profesor de educación primaria en los pueblos aledaños a Viena donde estaba su adinerada familia, a oficiar de jardinero, de arquitecto aficionado, etc. Pero de manera intermitente avanzaba en sus pensamientos, los que a veces tenían forma de un manuscrito ordenado y muchas otras veces eran más bien una seguidilla de pensamientos sueltos con algunos temas en común: esos tópicos eran la teoría del simbolismo que él había aprendido de Russell, de Frege, su propio conocimiento de la lógica formal, etc. Y como muchas veces ocurre el discípulo había llevado la filosofía del maestro a cumbres impensadas y lo había hecho con profundas y originales reflexiones que, incluso, incluían una postura mística que su maestro o no comprendió del todo o simplemente no las valoró. Por cierto, la forma como fue presentada la obra ayudó bastante para que no pasara desapercibida, no tenía más de 70 páginas, constaba de siete partes, con 527 parágrafos en total, divididos en subapartados y escrupulosamente enumerados. El uso de frases, aforismos figuras geométricas, gráficos, son un homenaje a la precisión conceptual, sin concesiones de ningún tipo que pudiesen haber ayudado a que resultara más amable su lectura. No en vano alguien se fijó en que la estructura del libro es similar a la estructura de la casa que diseñó para una de sus hermanas en Viena, en ambas realizaciones no hay adornos, todo es estrictamente funcional.

¿Quiénes influyeron en su filosofía?

Conviene tener a la vista que Wittgenstein, de acuerdo con la mayoría de sus comentaristas, entregó dos filosofías: la primera se encuentra en su Tractatus Logico-Philosophicus, obra de juventud y que había terminado de escribir en 1918 y de la cual una copia manuscrita llevaba en su mochila de soldado del imperio austro-húngaro cuando fue capturado e introducido como prisionero de guerra en Montecassino, Italia. Su publicación fue en 1921 con ese título en latín a instancias de George Edward Moore, colega y amigo de Wittgenstein en Cambridge, en versión alemana e inglesa y con un prólogo escrito por su maestro Russell. En el Tractatus se nota el influjo de los ya mencionados Russell y Frege, más difícil es precisar los puntos en que en su filosofía se hicieron presentes el pensamiento de Nietzsche, Schopenhahuer, Kierkegaard, Tolstói, pensadores y escritores que Wittgenstein había leído y que le habían impresionado.

Su segunda filosofía, en cambio, la encontramos en las Philosophische Untersuchungen/Philosophical Investigations(1953), obra póstuma y cumbre también de la filosofía del pasado siglo. Para los estudiosos de su obra queda la tarea de precisar si el texto que estaba escribiendo cuando falleció es o no la expresión de una tercera filosofía, esa obra se llama On Certainty (Sobre la Certeza).

¿Cuáles son las principales tesis y teorías que se plantean en esta obra?

En el Tractatus Wittgenstein replantea una vieja teoría del lenguaje, del simbolismo, la teoría de que el lenguaje es como un espejo de la realidad. Pero lo que le da una connotación especial a su teoría – y si se quiere “revolucionaria” en el sentido más prístino de esta palabra como un cambio en nuestra manera de conceptualizar, de pensar la realidad – es que por esa fecha la lógica simbólica estaba completamente afianzada, institucionalizada. Recordemos que esta surgió a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX con varios pensadores, entre ellos y de manera muy destacada, su propio maestro Russell. En esa teoría del lenguaje se nos dice que el lenguaje es el conjunto de las proposiciones y que estas tienen por función esencial figurar, pintar, representar (abbilden) los estados de cosas en el mundo. Junto con ello se nos plantea que todo lo que pueda ser figurado por las proposiciones define el sentido; lo que no puede serlo es el sinsentido. De manera que Wittgenstein postula que al revelar mediante el análisis lógico cuál es la estructura de nuestros pensamientos, de nuestro lenguaje, se está también revelando la estructura de los estados de cosas porque entre el lenguaje y los hechos hay una relación de isomorfía, una identidad estructural. Se podría decir que Wittgenstein está promoviendo una ontología a priori.

Esto sugiere algo muy curioso por decirlo de una manera festiva: que alguien pensando en la soledad de su despacho puede hacer aseveraciones profundas acerca del mundo. Al revés de lo que se cree habitualmente que hace un hombre de ciencia, esto es, que comienza acumulando datos para luego hacer afirmaciones de carácter general acerca del mundo o la realidad; Wittgenstein piensa, en cambio, que puede y de un modo completamente a priori decir cosas de carácter general acerca del mundo a partir del análisis lógico del lenguaje. Esto, dicho así, no se revela muy intuitivo, por cierto, pero cambia drásticamente la manera como hasta ese momento se había concebido el discurso filosófico, nuestra manera de pensar acerca del mundo.

A cien años de su publicación se sigue estudiando, ¿qué cree Ud. que hace que siga vigente?

Bueno, el Tractatus es una obra clásica y como todo escrito que tenga este reconocimiento es una fuente inagotable de ideas, de intuiciones, de problemas. Uno la deja de leer o consultar, la guardamos en una gaveta o en un lugar de nuestro computador y de repente, motivados quizás por alguna duda, volvemos a ella y, nuevamente, encontramos sabiduría en sus páginas. Es notable que una obra escrita en un contexto tan distinto al nuestro siga acicateando a quienes nos hacemos cargo de pensar de manera sistemática lo que los demás dejan para más adelante o que, presionados por las necesidades materiales del diario vivir, finalmente renuncian a tales tareas. 

Pero se trata, como hizo Wittgenstein, de pensar acerca de cuáles son los límites del pensar, de las condiciones que debe reunir un pensamiento riguroso, profundo y comprensible. En pocas palabras, creo que la vigencia de esta obra radica en el proyecto de pensamiento que en ella habita y que obliga a replantear cada cierto tiempo qué significa pensar, qué papel tiene el lenguaje y cómo es que se relaciona con el mundo. Y de paso para todos los que nos sentimos conmovidos e interpelados por “lo que no se puede pensar” (según la expresión que hizo famosa Wittgenstein), lo místico, lo religioso, el sentido de la vida, el Bien, encontramos en el Tractatus una eficaz guía para caminar por estos difíciles senderos. Y, no está de más traerlo a cuenta, en tiempo de postmodernismo no es ocioso releer una obra que es, probablemente, la última que se inscribe en lo más valioso del espíritu que permeó la modernidad: la confianza en nuestra capacidad racional de atrapar el mundo.