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Filosofía, memoria histórica y Derechos Humanos, por el Académico Mario Sobarzo

Hoy, 5 de octubre, se cumplen 33 años desde el Plebiscito de 1988, que puso fin a la dictadura cívico militar de Augusto Pinochet. Para conmemorar esta fecha y despedir septiembre, el Académico de la Usach y Doctor en Filosofía, Mario Sobarzo reflexionó en torno la memoria, la memoria histórica y los Derechos Humanos desde un punto de vista filosófico.

Desde un punto de vista filosófico, ¿qué es la memoria?

Es difícil responder esto, pues es una pregunta filosófica y por tanto tiene muchas respuestas a lo largo de la historia de la filosofía. Por supuesto, cada cual puede recurrir a distintos filósofos y filósofas para pensarla. Incluso distintas interpretaciones pueden ser contradictorias entre ellas. Personalmente creo que la primera diferenciación tiene que ver entre lo colectivo y lo personal, algo que expresa muy bien el carácter divino que la sociedad griega (que originó la filosofía occidental) le daba, pues la diosa de la memoria era Mnemósine. Hasta el día de hoy palabras de nuestro idioma como mnemotecnia mantienen la raíz para referirse a la capacidad de memorizar. Lo que me parece central es que dicha divinidad tiene una función fundamental en su unión sexual con Zeus, es decir, el poder político, el punto de referencia para el orden jurídico. De dicha unión surgen las musas, patronas de las artes, pero, también de la política, de la historia y hasta de la propia filosofía, según Platón. Es decir, la memoria es una articuladora fundamental del orden social, de la legitimidad del poder político, pero también de las experiencias artísticas. Creo que lo que todas ellas expresan en común es este carácter colectivo. Por otra parte, especialmente desde la modernidad, aparece toda una dimensión de la memoria de carácter individual, algo que se traduce en la palabra recuerdo, que tiene el término corazón (cor) en la mitad de su etimología. Para los romanos, la mente en nuestro sentido actual, es decir como espacio de información, toma de decisiones, pensamiento, etc., radicaba en el corazón. Aunque no es exactamente igual, ponían al corazón de un modo semejante al que nosotros le asignamos al cerebro. En este sentido, el recuerdo apela a este carácter individual, personal, subjetivo, íntimo, que es propio de cada cual. Finalmente, pienso que existe una tercera capa de referencias a la memoria, que es la que tiene que ver con las huellas. Las huellas no aluden a los procesos subjetivos ni a la construcción colectiva, sino que se relacionan con la materialidad de la intervención de las estrategias del poder. Hay huellas interpretables ahí donde el poder genera ruinas. Porque el poder, para ejercerse, siempre lo hace intentando borrar la diferencia, lo distinto. Un ejemplo de esto son las huellas urbanas después de la rebelión popular de 2019. Desde la ruptura de veredas para convertirlas en proyectiles, pasando por los graffitis, hasta la redefinición simbólica de los espacios y sus formas de habitarlos. El poder ejecutivo ha ido borrándolas sistemáticamente del espacio público. Al poder le es fundamental borrar las huellas de su ejercicio más directo, más brutal. Ya lo vimos en Dictadura al hacer desaparecer a los muertos o convertir en edificios residenciales o de otro tipo, sitios de memoria donde ocurrieron violaciones a los DDHH.

¿qué vínculos se pueden establecer entre filosofía y memoria histórica?

Pienso que es en este ámbito donde se produce un parteaguas muy marcado entre distintas concepciones y posiciones filosóficas. Así como existe una memoria oficial, la que busca conmemorar los éxitos del Estado y la institucionalidad asociada a él, es decir profundamente vinculada a una clase o grupo dominante, también existe un campo en disputa con esa primera memoria de los vencedores. El tema es bastante antiguo en la historiografía crítica, pues como no queda reflejada en los monumentos, en los museos, en el espacio público, en el nombre de las calles ni en los libros de historia oficiales, tiende a ser invisible, desvalorizada, deslegitimada e incluso negada. En la primera no me quiero detener, pues como tiende a ser la dominante, es fácil encontrar alabanzas hacia ese tipo de construcción. Sin embargo, la segunda me resulta muy interesante y fundamental para construir otra forma de colectividad y comprensión de lo que es la política. En este campo autores como Hannah Arendt, Theodor W. Adorno, Walter Benjamin y, en Latinoamérica, Eduardo Galeano (por nombrar sólo algunos, con gran culpa), han permitido entender esta memoria de los vencidos y las vencidas, pues también han aparecido reflexiones muy interesantes vinculadas a la tradición oral de transmisión de memoria, que era la única disponible para las mujeres que no eran de la élite y, por lo tanto, analfabetas. Además, entre las culturas originarias del continente, primó la agrafía, por lo que buena parte de su historia sólo es posible recuperarla a partir de relatos orales o las huellas que dejó la dominación española y posteriormente de los Estados nacionales nacientes, sobre ellas y su identidad. En este campo, también se han dado discusiones muy interesantes desde posiciones subalternistas, post coloniales y otras corrientes críticas en ciencias sociales y filosofía. Sin embargo, en nuestro país, a pesar del innegable aporte de autores como Ricardo Salas, lo cierto es que, en este ámbito, la filosofía no ha sido protagonista, dejándole el terreno a la historia, donde ha surgido una generación extraordinaria que ha aportado en la reconstrucción de la historia del pueblo mapuche, por ejemplo.

¿Cómo comprender el concepto de “derechos humanos” desde una mirada filosófica?

Hay que partir señalando que los derechos humanos son un concepto filosófico. Incluso, sus mayores críticos han sido filósofas y filósofos, por nombrar sólo a dos, la propia Arendt ya citada y Marx, quien fue uno de losprimeros en llamar la atención sobre la pura formalidad de los derechos establecidos en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, bajo el amparo de la Revolución Francesa. Durante bastante tiempo se consideró que podían dividirse lo que se llaman las distintas generaciones de derechos humanos, de forma que se podía defender las libertades sin salvaguardar los derechos sociales o los medioambientales. Hoy, a punto de una extinción de la especie humana, se entiende que separar las libertades políticas de las condiciones sociales y económicas que las hacen posible, y en último término, de sus implicancias medioambientales, resulta el mejor modo de remar directo hacia el abismo. El ámbito de las libertades individuales es, como lo dijo Marx, una mera declaración de intenciones si no va unido a condiciones que hagan posible su ejercicio. Kant también parece pensar algo semejante cuando excluye a quienes no poseen propiedades o un oficio libre para su subsistencia, pues al ser dependientes económicamente de alguien, no pueden deliberar y decidir libremente sus posturas políticas. Por supuesto, la posición del filósofo de la ilustración alemana nos resultaría inaceptable, pues debido a ello, excluía a los trabajadores asalariados, por ejemplo, de la participación política. Pero, donde es más evidente el carácter filosófico (es decir problemático) de los derechos humanos es en el amplio campo de aporías, contradicciones, conflictos, que se producen en su interpretación. En la actualidad, por ejemplo, tenemos limitados nuestros derechos humanos debido a la pandemia global, lo que nos impide salir en ciertos horarios o reunirnos con quien queramos, pero se justifica esta transgresión a nuestros derechos para salvaguardar la salud y la vida, que son derechos considerados superiores respecto al de reunión o desplazamiento. Pero, ¿qué sucede cuando dichos derechos de carácter superior son usados para imponer una tiranía o forma totalitaria de gobierno? La novela gráfica V de Vendetta de Alan Moore y David Lloyd, llevada al cine y dirigida por James McTeigue, hace 30 años se planteaba esto. Lo interesante es que el propio Moore señala que escribió la novela debido al temor que le producían los políticos neoliberales que triunfaron en la década de los 80 en Estados Unidos e Inglaterra y que configuraron lo que se conoce como el Consenso de Washington, por el que dicha corriente económica se convierte en dominante a nivel global. Hoy los temores de Moore son muy reales, pues a nivel planetario se aplicaron limitaciones a los derechos humanos y políticos. Miles de millones de personas hemos estado confinadas y, en nuestro país se está escribiendo la nueva Constitución en medio de restricciones que no se veían en extensión ni profundidad desde la época de la dictadura de Pinochet, una paradoja más de un presente repleto de ellas.