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Columna de Diana Aurenque. Pandora Papers: ¿Re-moralizar la política?

(*)Columna escrita por Diana Aurenque, publicada originalmente en The Clinic

El escándalo sobre los llamados Pandora Papers, y que involucra a nuestra máxima autoridad, expone de forma paradigmática tensiones complejas que pueden surgir de la triada moral, derecho y política. Hoy se habla no sólo de falta de probidad, por parte del Presidente, sino también de un daño al “honor” de la Nación.

Así, el caso nos presenta una situación donde el obrar de un mandatario en el mejor de los casos se ajustaría al derecho, pero aún siendo así, se comprendería como un actuar reprochable. Según esto, un mandatario podría tener ganancias legales en paraísos fiscales, pero, en cuanto dichos mecanismos han sido cuestionados por múltiples instancias -también por el propio Presidente- su actuar no resistiría escrutinio moral.

Adicionalmente, y considerando la crisis de credibilidad que sustentan una serie de instituciones, muy especialmente, la clase política, se observa una suerte de demanda popular por una “re-moralización” de la política. Pero siendo justos, no sólo en este caso observamos dicha tendencia. También en una serie de debates socio-políticos contemporáneos, nacionales e internacionales, se advierten tendencias similares.

Como una “hiper-moralización”, por ejemplo, fue denominado y criticado en sus comienzos el activismo ambientalista juvenil “Fridays for future” de Greta Thunberg. Aquellas voces críticas sostenían que una minoría radical intentaría promover un universalismo moral válido para todo el globo, obligando al resto de las personas a asumir una determinada visión de mundo (ambientalista) que sería mejor y más correcta que la imperante. Con todo, y en la práctica, dicho movimiento parecía intentar movilizar acciones políticas concretas contra el cambio climático desde un retomar las calles e interrumpir el tránsito, y no desde las dinámicas tradicionales partidistas. La moral buscaba conducir la política.

Pero, ¿en qué se distinguen moral, derecho y política? Mientras que la política corresponde al ámbito del espacio público, de la vida en comunidad, y muy particularmente, del rol y función del Estado; la moral y la ética buscan orientar o conducir las acciones humanas a través de normas o reglas para un actuar bueno (moral) o justo (derecho). Ambas desde luego interactúan entre sí. De forma muy general podríamos decir que el derecho se vincula a las leyes válidas; mientras que la moral se relaciona con las normas que podrían llegar a valer como leyes. Por su parte, la política justamente es la encargada de promover leyes justas.

No obstante, en una sociedad democrática y plural, la función del Estado moderno es la de promulgar leyes que, por una parte, incumban a todos, pero por otra, sean lo suficientemente amplias para evitar restringir libertades individuales. Se trata del desafío de proteger a todos en un suelo común de derechos y deberes, y que les permita desarrollar libremente el propio proyecto vital -por cierto, siguiendo la prohibición de J. S. Mill de no dañar a terceros-.

Precisamente en virtud de lograr normar jurídicamente la convivencia permitiendo el florecimiento de la vida libre y auto determinada en medio de una comunidad diversa, no es deseable que la política se ajuste a una sola moral. Porque es evidente que, en ese caso, la moral de los gobernantes sería privilegiada por sobre otras morales posibles del resto de la ciudadanía. Uno de los grandes desafíos ético-jurídico en política, consiste en respetar la individualidad en un contexto plural; atenderlo, sin restringirlo.

En ese sentido y recordando, además, que en política son los partidos los que tradicionalmente han sido los portadores de determinadas morales, visiones de mundo y, en especial, de ideas del Estado, ¿podría sorprender que el Presidente esté involucrado en transacciones económicas en paraísos fiscales? Por cierto, que no. ¿Tiene además sentido que le reprochemos algo moralmente?

Creo que, si debe haber reproche moral, entonces, éste también debe ir de algún modo hacia nosotros -por habernos permitido tal gobernante-. Porque, en resumen, su actuar es concordante con su comprensión de la política, de su partido y del Estado -uno que no que debe ser fuerte, ni solidario, ni equitativo-.

Ad portas de elecciones presidenciales, recordemos: la ideología detrás del rostro es lo que no debemos olvidar, el partido detrás de la persona y de su ideal de Estado. Atender a lo demás, puede perderse en oportunismos políticos cortoplacistas, y, sobre todo, ocasión para abrir el camino a una peligrosa re-moralización de un rostro. De ahí queda poco margen para evitar populismos o, peor aún, la idealización de figuras que luego devienen en sacras o totalitarias.