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Directora Diana Aurenque: “Creerse dueños de la verdad y atrincherarse en una postura es peligroso”

(*) Entrevista a Diana Aurenque, Directora del Departamento de Filosofía Usach realizada por Juan Morales, publicada en Las Últimas Noticias.

La filósofa Diana Aurenque propone cómo entendernos en los turbulentos tiempos que corren.

En algún momento, alguien, en algún lugar, tuvo la lamentable ocurrencia de creer que los problemas en la casa se solucionaban no hablando nunca ni de religión ni de política ni de nada, “lo cual es una forma de decir mejor no pensemos”, afirma la doctora en Filosofía y académica de la Universidad de Santiago, Diana Aurenque.

Pero resulta que en el mundo, por lo menos en las democracias que se precien de tales, no existen los padres omnipotentes, existe la libertad y existen las diferencias, así que para ponernos de acuerdo hay que dialogar. El problema es que pareciera que no sabemos cómo, mucho menos en épocas eleccionarias, al punto que, por poner un caso, celebramos que Julio César Rodríguez se lleve bien con su hijo militante de RN, cuando debiera ser la norma.

“No tenemos una formación de poder estar en desacuerdo, de pensar distinto, de tener conflictos de ideas, de valores, de posiciones políticas, sin que eso no nos lleve al desprecio del otro, o de la otra idea del otro”, dice Aurenque. “Tenemos una tradición respecto a que sobre ciertos temas no está permitido hablar. Y muchas personas, para evitar el conflicto, a veces ni siquiera opinan. Eso genera resentimiento y rabia. Porque si no puedo expresar mi pensar, las emociones se juntan y luego explotan en algún lugar. Falta formación ciudadana, faltan espacios donde podamos sentir que podemos ser libres, distintos, sin que signifique que nos violenten. No estar de acuerdo con algo no significa que tengo el derecho de llegar y violentar al otro”.

“Lo ideal”, agrega la académica, “es aprender a dialogar en el hogar, con la familia, donde existe el amor, o debiera existir. Y está la filosofía, que por suerte se mantiene obligatoria en los colegios, que nos ayuda a imaginar posiciones, pensar posibles escenarios argumentativos y reflexivos, y nos entrena la capacidad de enjuiciar, de ponernos en el lugar del otro”.

-¿Qué es dialogar, a todo esto?

-Es el movimiento del pensar entre por lo menos dos fuentes: una tesis, una afirmación, y otro que dice otro argumento u otra afirmación, en búsqueda de algo así como un consenso, una verdad. Dialogar es presentar una idea a otro que la puede criticar, ampliar, enriquecer, poner en duda, etcétera. Para eso hay que saber escuchar.

-¿Qué es escuchar?

-La escucha es estar atento a lo que el otro tiene que decir y reconocerlo como un interlocutor válido. Si solo tengo un argumento que quiero defender a toda costa, no estoy dialogando, estoy persuadiendo. El diálogo es una revisión, no es defender permanentemente una idea. Es estar abierto a estar errado. Por lo tanto, tiene que ver también con una actitud de apertura.

“El que escucha, además, tiene que saber callar”, agrega. “No puede haber escucha y hablar al mismo tiempo. Si yo me silencio para escuchar al otro, significa que mi atención, mi apertura, está hacia el otro. Por eso la argumentación, la retórica que defiende argumentos, muchas veces no escucha al otro, porque simplemente se autoafirma permanentemente. Mientras que en la escucha doy un paso atrás, por así decir, y permito que el otro aparezca, que me argumente, que el otro sea el protagonista. Hoy creo que estamos en un momento de poca escucha, poco silencio y mucho bullicio”.

-Se suele valorar la consecuencia entendida como alguien que nunca cambia de opinión.

-Creerse dueños de la verdad, atrincherarse en una postura, todo fundamentalismo, sea de izquierda o de derecha, es peligroso. Porque dialogar significa que uno está dispuesto a echar a andar el pensamiento y eso significa que yo puedo recular, cambiar. Cuando eso no ocurre, lo único que tienes es enfrentamiento entre trincheras y eso ocasiona más y más violencia. Escuchar es hacer retroceder el ego que siempre está ahí, determinando, diciéndole al otro cómo son las cosas, argumentando. Escuchar, en cambio, es dejarse sorprender.

-¿Todos los argumentos valen en un diálogo?

-No. De hecho abundan las falacias y hay que estar atentos a ellas. Una de las más clásicas es el argumento ad hominem, que es contra la persona. No está en el centro lo que yo estoy proponiendo, sino que se me acusa a mí directamente, y como se me invalidó como persona, el argumento ni siquiera interesa. Se pone en juicio mi calidad moral, pero no se habla de mi idea.

“Otra falacia muy común”, agrega Aurenque, “es la falacia naturalista. Las cosas siempre han sido así y por lo tanto debe seguir ocurriendo así, y debe moralmente seguir así”.

“Y está la falacia del hombre de paja, muy típica en la discusión política”, concluye. “Yo digo algo y el contraargumento de lo que dije, es una caricatura. Mi oponente lo transforma completamente, lo ridiculiza al extremo, construye un hombre de paja, y al final yo me defiendo de esa ridiculización y no de mi argumento original. Desvías la atención y es súper tramposo.

-¿Se puede dialogar con un terraplanista? ¿O con un antivacuna?

-En el diálogo se tiene que hablar de lo mismo. Por eso el diálogo entre un terraplanista y un astrónomo o entre un epidemiólogo y un antivacuna, es súper difícil, porque no están hablando de lo mismo. Es un falso diálogo. Y es un error importante cuando pones a estas dos personas juntas creyendo que están hablando de lo mismo, cuando no lo están haciendo. Porque no están en el mismo estado epistémico, en el mismo plano de la búsqueda de la verdad.

“Si solo tengo un argumento que quiero defender a toda costa, no estoy dialogando, estoy persuadiendo”