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noviembre 8, 2021
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Columna del Académico Martín de la Ravanal: Crisis, ética y política

(*) Columna escrita por el Académico Martín de la Ravanal, publicada originalmente en El Desconcierto

En el 18 de octubre de 2019 se evidenció la profunda crisis en nuestra forma de vida, que quedó expresada en las frases, rayadas por todas partes, de “Hasta que la dignidad se haga costumbre” y “Hasta que valga la pena vivir”. Tomando una expresión del filósofo Terry Pinkard, la vida se tornó inhabitable. Por supuesto, esta frase va a sonar exagerada para el experto entusiasta de los guarismos macroeconómicos, al hombre de leyes y su defensa de la racionalidad del orden público, y al literato horrorizado por la estética urbana barbarizada. Volverán a sostener que se trata de una enorme pataleta social, de mayorías infantilizadas, manipuladas por enemigos poderosos e invisibles, privadas de la prudente razón y la sobria lógica.

La fuente concreta del malestar, a la que nunca se le tomó el debido peso, es que la vida muchas familias se fue volviendo una carga cada vez más grávida, en términos, primero, del costo de vivir, o las dificultades para contar con las condiciones sociales y materiales suficientes para poder afirmar un proyecto personal-familiar de vida, mínimamente dignificante (o sea, acceso a salud básica, educación habilitante, sueldos decentes, etc.). En segundo lugar, se trató de un malestar con la calidad de vida conectado con una fundamental experiencia social de menoscabo: el respeto en nuestro país está conectado con el ingreso y el poder de la posición social. Si la vivencia del pisoteo, la humillación y abuso sobre los débiles se basa en la descarnada jerarquía del dinero; si el poder y la felicidad sólo están al alcance de la mano de unos cuantos grupos cerrados –que más encima se ponen por sobre la ley y la ética–, es natural que exista un resentimiento que se exprese como rabia y violencia. No se trata de condenar la violencia “venga de donde venga”, sino ver cómo esta violencia previa –la injusticia– atraviesa todo el cuerpo social: se enquista en las familias, en las empresas, en el gobierno, en los medios de comunicación, en las universidades, etc., y corrompe todo intento de vivir rectamente.

De aquí que, en un tercer nivel, nuestra forma de vida estalló: en el nivel del sentido de la sociedad. No hay vida que no tenga un grado de contradicción y descontento, es cierto. Lo que no puede pasar es que las contradicciones se vuelvan descarnadas y descaradas en nuestras instituciones, y que el descontento se trate con cinismo por las autoridades. Toda la forma de vida que llamamos “el modelo” –esas prácticas, creencias, normas e instituciones que tejen el día a día– se sustenta sobre la promesa, incumplida, de libertad, prosperidad, seguridad

Pese a los esfuerzos individuales o familiares, la prosperidad ni alcanza suficientemente a todos ni es lo bastante firme. La crisis pandémica probó que para una importante parte de la población salir a trabajar no asegura tener el más mínimo salvavidas o colchón ante las catástrofes, no contiene la promesa de descargarse algún día del peso de la deuda, ni permite la tranquilidad de pensar que no va a faltar lo esencial en los hogares. Esa sensación de amargura aumenta, por supuesto, cuando se combina con la evidente desigualdad y la desidia de los grupos acomodados.  

La libertad social, si tiene algún sentido, no es sólo el hecho de que nadie interfiera en tus asuntos (mientras no interfieras tú en el de ellos) sino tener la capacidad de poder elegir realmente, y no estar condenado a resignarte, simplemente, a lo que te tocó en la lotería social y a rascarte con tus propias uñas. Este esfuerzo supone una base material y simbólica que no es una mera edificación individual sino el proceso colectivo del trabajo humano (desde los cuidados y tareas domésticas invisibilizadas de las mujeres hasta las formas colaborativas y gratuitas del compartir bienes, servicios y saberes). La sociedad vista como una forma de vida constituida por entramados de prácticas, guiadas por diversos valores (no sólo monetarios) señalan la interdependencia como una constante que construye toda identidad, pertenencia y libertad social de mujeres y hombres. La idea de un individuo “hecho a sí mismo”, que no le debe nada a la sociedad, “suelto” de toda deuda y compromiso con las y los otros, es una peligrosa ficción intelectual y un inquietante anhelo de cierto individualismo radical.

La mera libertad individual abstracta, una que no contempla las condiciones materiales y sociales para su realización, es simplemente libertad para unos pocos y servidumbre para muchas y muchos. La libertad real, aquella donde cada cual es verdaderamente independiente y próspero, es una donde no se desperdician las potencialidades individuales ni se consumen exclusivamente en la esfera privada. Una donde, al mismo tiempo, hay un vínculo sano de pertenencia con la comunidad y el estado, pero sin sacrificar autonomía.

Una libertad así sólo puede nacer de otra configuración sinfónica de las instituciones sociales: mercado, leyes, gobierno, empresa, escuela, familia, etc. Una donde la razón y perspectiva de cada ámbito pueda resonar en los otros, aumentando los elementos de la composición –su complejidad– y donde el tejido de instituciones se constituya en instrumento de desarrollo, nunca en obstáculo, para los proyectos de vida individual y el contento de las necesidades más sentidas de las mayorías. Esto significa articular distintas fuerzas éticas de lo social: el anhelo y voluntad de libertad en las mayorías (con un profundo espíritu anti-tiránico); creatividadempuje y generosidad en los espíritus emprendedores (artistas, científicas, empresarios, dirigentes sociales, intelectuales, deportistas); moderaciónfortaleza y prudencia en las autoridades; justicia y respeto para todas las personas en el trato social, y, especialmente, en el corazón mismo de las instituciones y la ley.

Las reiteradas crisis han descubierto que más bien ocurre lo contrario: no hay sensibilidad, no hay saber, no hay atención, no hay escucha, ni sutileza ni inteligencia para los problemas de la gente común azotada por los colapsos sanitarios, sociales y económicos. La fórmula pervertida y falsa de solución se constata en las demagogias oligárquicas: suplantar la voz popular para acumular poder en minorías acaudaladas. Mucho de la incorreción política que hoy se vuelve espectáculo de la extrema derecha no es más que una careta popular que oculta el profundo desprecio por la ciudadanía y el interés corrupto en hacerse de más poder. Se constituye una forma regresiva y autoritaria muy peligrosa: la de creer fetichistamente que la justicia se restituye con el “hombre fuerte”, que virilmente “ordena la casa” y castiga “a los culpables” de la crisis. Eso nunca ocurre y más bien empeora el desastre, de eso ya nos ha ilustrado muy bien la historia. En su contracara, la corrección política, que se erige sobre un pedestal inalcanzable de pureza moral, hace una muy mala pedagogía social: siembra por todos lados enemistades superficiales, tribalismos morales y luchas cosméticas; favoreciendo unas demandas específicas, olvida los malestares generales; basándose en la cultura de los ofendidos, de la cancelación y en la figura de la víctima, se niega a reconocer la complejidad y límites de lo real y la consecuente necesidad política de saber encontrarse y debatir en base a razones con los adversarios. A fuerza de pura indignación moral la izquierda se vuelve incapaz de levantar propuestas amplias y efectivas.

En nuestro horizonte ya despunta otra forma de regresión que denomino plutofílica. Lo que hoy se presenta como una regeneración del liberalismo más radical no es más que un empobrecimiento de la perspectiva de lo humano: la libertad se reduce a libertad de hacer dinero, acumular y especular con lo monetario, y el dinero, en la medida última de la realización o felicidad humana. Empobrecimiento de la economía, por supuesto, ya que ésta no es sólo mercado, capital e inversión individual, como afirman los apologetas del libre comercio; ella también es trabajo, reconocimiento social, cooperación y disfrute mancomunado de los avances y bienes sociales. Este liberalismo de la codicia aprovecha la desesperación de la gente común frente a las crisis económicas: le machaca en sus oídos que sin los ricos no hay trabajo, que sin trabajo no hay pan en la mesa. Cuidar la inversión, cuidar la pega, amarrar la democracia. Junto a ello, vende la ilusión de que, sin Estado, sin impuestos, sin trabas ni límites a los grandes capitales fluirán chorros de riqueza que alcanzarán hasta el más humilde. Cuento de vaqueros contado con técnicas de coaching. Se trata de la cantinela, reiterada ad nauseam, de que eres un emprendedor exitoso limitado por una mentalidad socialista, de que todo intento de redistribución es un camino de servidumbre, que el descontento es sólo una manipulación de una izquierda retrógrada y resentida. Tristemente el fondo de esto no es más que el uso del miedo a la pobreza en favor de políticas que cumplen al pie de la letra el principio de Mateo: “al que tiene se le dará, y en abundancia, y al que tiene poco, incluso se le quitará”.

En tiempos constituyentes, el desafío de la política es poder encontrar una salida regenerativa a la crisis. Regenerar no significa ni conservar por conservar ni tampoco prenderle fuego a todo para limpiar el terreno y construir de cero. Implica aprendizaje: incorporar lo nuevo, lo emergente, lo no-visto para transformar las prácticas, las instituciones, las interpretaciones, las normas que dan sentido a nuestra convivencia. Ensayar una mirada más atenta al contexto para poder enriquecer nuestras capacidades de respuesta. La simplificación de los problemas a fórmulas groseras no es sinónimo de “tenerla clara” ni de dar certezas de nada. La política necesita una visión más amplia, sutil, rica y generosa. Una visión ética que no esté enceguecida por obtener el poder a toda costa, obsesionada con derrotar por cualquier medio al adversario político (recurriendo a la mentira, la manipulación y difamación), dispuesta a desgarrar a la sociedad con muros y zanjas insuperables, o que tome sus perspectivas como cuestiones absolutas, cerradas sobre sí mismas sin capacidad alguna de diálogo. La posición ética es una que no construye su seguridad desde el creerse dueño de la verdad o de la prepotencia en la acción. Al contrario, se deja atravesar por otras voces y es capaz de cuestionarse su poder, sin que por ello renuncie a valores esenciales. Quizás pedir eso es pedir demasiado a nuestra actual condición. Lo preocupante son los otros caminos que se están abriendo, y la profunda falta de reflexión respecto dónde nos conducen.