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Columna de Dra. Diana Aurenque: Naranjo y la “cómica” seriedad de la política

(*) Columna escrita por Diana Aurenque, Directora del Departamento de Filosofía Usach, publicada originalmente en La Tercera

Hace varios años apareció en Alemania un titular curioso: “La vida es seria, la política es cómica”. Esa frase pareciera hoy, tras la extensísima exposición del diputado Jaime Naranjo y que en gran parte propició que se aprobara la acusación Constitucional contra el Presidente Sebastián Piñera, tener un suelo legítimo.

Como han señalado correctamente algunos de sus críticos, la exposición advierte un componente extremadamente cómico. Es más, ver a un parlamentario sostener un discurso por más de 14 horas con un claro fin político, parece una locura y de una capacidad casi absurda. ¿Quién en su sano juicio podría optar libremente por realizar tal sobrehumana hazaña física y mental? Pues bien, lo hace un político.

Pero siendo justos, y visto a nivel antropológico, ello lo consigue solo el animal humano que somos. Aunque sorprenda, somos los únicos motivados a realizar actos de los más insólitos y absurdos; desde actuar en contra del propio bienestar o la vida por ideales altruistas hasta habitar sin consideración del otro o del medio ambiente en un mundo evidentemente finito y colectivo.

Considerado el caso a nivel específico, ello nos obliga, no obstante, a mirar con mayor detención la relación entre política y humor. Porque, si bien nadie dudaría de que la política es un asunto serio –y seriedad es por cierto una de las cosas que más se le exige a la política local- tampoco puede negarse que ella está plagada de comicidad.

En estricto rigor, la política se desarrolla con una “cómica seriedad”. Sus temas de fondo son serios; pero al ver debates y discursos políticos, nacionales e internacionales, somos testigos de una serie de artimañas y estrategias de apología, justificación, rechazo o franco ataque que, con frecuencia, en vez de fundarse en argumentos, se articula en clave humorística; sea mediante una frase sarcástica o con un silencio irónico.

Ahora bien, esta estrategia nos remite al arte del humor y su lugar político. Recordemos que el bufón, la figura encargada de hacer reír y entretener a la corte, era la única facultada con el privilegio de reírse incluso de la autoridad y los poderosos; de expresar lo que nadie más podía. Hay una expresión de genuina libertad y voluntad de verdad en la comedia.

Siendo esto así, sumado a la híper exposición mediática de los políticos hoy, no puede sorprender este impresionante rendimiento atlético de Naranjo. Por el contrario, hay algo en exceso honesto y humano de esta locura: la voluntad de llegar al extremo para lograr un propósito.

Por lo tanto, más que evaluar la locura o el heroísmo (siempre en vecindad) de un político, quizás sería pertinente preguntarnos, cómo es posible que esta performance pueda siquiera ser legalmente posible. No tanto enjuiciar al diputado, sino plantearnos cómo se explica que, en una era de creciente virtualidad y digitalización, no tengamos mecanismos más eficientes, menos sacrificiales y tediosos que llevar los cuerpos de los políticos a una crueldad televisada.